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By: Laura Manzi

Relato escrito con base en el testimonio de Sandra Flores, migrante retornada.

Es todo oscuro, no hay luz, ni tampoco espacio. Nos falta hasta el aire para respirar. Hay solo un pequeño agujero, hecho con un clavo, a través del cual un soplo de aire puede pasar. Y así nos vamos alternando, para que cada uno pueda respirar un poco por algunos minutos: primero la niña, luego mi hijo, y finalmente yo. ¿Cuántas horas llevamos en esta furgoneta? Deben ser más de seis, siete u ocho. Mis hijos me ofrecen comida pero no quiero comer. No tengo hambre, y no sé cuando volveré a tener ganas de comer. Es que me duele tanto el estómago, me duele allí dentro. El miedo me controla. 

¿Qué es lo que está pasando, así de repente? Estas miradas despectivas de la gente que nos observa me atormentan hasta hoy. Podría olvidarme del cansancio, de las horas pasadas en la furgoneta, pero nunca podría olvidarme de estas miradas. Tengo miedo y quiero llorar, pero tengo que ser valiente, levantar mi cabeza y contestar a todas las preguntas:

¿De dónde viene?

¿Tiene papeles?

¿Estos son sus hijos?

“¡No me los quiten, por favor!”, alcanzo a decir. “No soy yo el coyote, soy su madre, me llamo Sandra”. Debo haberlo gritado muchas veces, porque en seguida siento mi boca seca, y el miedo que antes controlaba mi estómago ahora me corta la voz. Mientras tanto mi hija me tiende la mano, en un acto desesperado, porque sabe que yo no puedo cogerla; ya estoy lejos. Intento gritar, quiero que mis hijos se queden conmigo. Pero cuanto más suplico al policía, más les veo desaparecer.

Mi grito me despierta en medio de la noche. Con la frente sudada y la respiración aún jadeante, consigo levantarme para ir al baño y limpiarme la cara. Por suerte mi grito no ha interrumpido el sueño de mis hijos, que duermen en sus camas. Necesito quedarme un rato allí, mirándolos e intentando tranquilizarme. Ya son tres años desde que viajamos hacia Estados Unidos y fuimos retornados aquí, a El Salvador, y sin embargo estos recuerdos aún alimentan mis pesadillas. 

Podría acostarme otra vez, es muy temprano, pero prefiero mantenerme ocupada desde ya. Preparo el desayuno a mis hijos. Miguel tiene 16 años, Elizabeth, 10. Esta es mi familia: yo soy su fuerza y ellos la mía. La agitación que la pesadilla había causado se va lentamente apagando; cocinar me calma, es mi paz y mi terapia. Preparo unos frijoles y plátano frito y también algo para la comida: unas pupusas con salsa. Mi cocina ya huele a comida casera, y con el olor inmediatamente me transporto a tiempos pasados, cuando era solamente una niña y me divertía cocinando con mi abuela Leonor, o Noy, como le decía de cariño. Es ella quien me enseñó todo lo que sé, su manera de cocinar, su tacto y su gusto reviven en mi hoy. Ella me enseñaba lo que hacía y yo me quedaba mirándola. Nuestros momentos juntas eran ratos felices, y deliciosos. 

Tengo que cocinar una comida a la vez porque no tengo muchas ollas, ni platos. Pero no me quejo, ya es un lujo para mi tener lo que tengo ahora. Cuando volví, después de mi viaje, en 2015 no tenía ni cocina. La comunidad de aquí, en Guazapa, me ayudó mucho. Aún me conmuevo si pienso en todo lo que hicieron por mí: me llevaban comida, me dejaban calentar el agua en su casa y siempre tenían palabras de consuelo para mí. Me animaron después de una experiencia tan dura como la que viví y nunca, jamás, me discriminaron. 

Ya es de mañana. Mis hijos despiertan y animan toda la casa. Yo me visto rápidamente para ir a trabajar, hoy me toca limpiar y planchar ropa en casa de una vecina. A eso me dedico, aunque a veces también trabajo como cocinera y vendo la comida que preparo. En el camino al trabajo, paso por la alcaldía y no puedo evitar notar un gran anuncio: parece que van a ofrecer unas capacitaciones para emprendedores en el marco de un proyecto para las personas migrantes retornadas. Ahí abajo había una lista que indicaba todas los talleres y cursos. Me inscribo a todos, siento que podía ser una oportunidad para aprender, crecer y quizás ver mi vida cambiar, mejorar. Un nuevo estímulo y esperanza es justo de lo que necesito. 

Pasan los meses y los cursos ofrecidos por la alcaldía junto a la OIM me mantienen muy ocupada, pero también ilusionada. Mi sueño de tener mi negocio estable, de ser cocinera, ya no es tan inalcanzable. Una planchita y una mesa eran todo lo que tenía antes, pero hoy tengo la oportunidad de invertir en mi proyecto empresarial gracias al apoyo del proyecto para migrantes que retornaron. Así que voy a comprar una refrigeradora, una plancha, una licuadora, ollas, cacerolas; todo lo que necesito para finalmente montar mi negocio.

Voy a inaugurar mi actividad en una semana. Mi negocio va a emplear también a otra mujer, que va a ayudarme en la preparación de los platos. Mi hijo Miguel nos ayudará a repartirlos; él tiene ganas de estar involucrado, me dice ‘Mamá, yo también quiero ser emprendedor’. Me alegra verlo feliz ahora, después de todo lo que hemos vivido hace solo tres años. En mi casa no hablamos muy a menudo de nuestra desventura hacia el norte, pero cuando lo hacemos, mi hijo siempre repite que nunca volvería a intentar migrar de manera no regular.

Un último detalle que no he contado: mi negocio ya tiene nombre, se llamará  ‘La cocina y pupusería Mama Noy’, en honor a mi abuela. Su ejemplo me ha guiado desde que era niña y quiero dedicarle este gran logro en mi vida. Ella ha cultivado mi talento, y la alcaldía y la OIM han transformado mis capacidades en oportunidad de trabajo. Hoy voy a dormir tranquila, y si no puedo borrar los recuerdos dramáticos del pasado, entonces tendré que sustituirlos, en el futuro, con nuevas memorias felices.

SDG 10 - REDUCCIÓN DE LAS DESIGUALDADES