¿Cómo facilitar la reintegración de la niñez migrante retornada desde las escuelas?

 

Según datos del Observatorio Migratorio y Consular de Honduras, del 1 de enero al 22 de junio de 2018, un total de 35.244 personas de nacionalidad hondureña han sido retornadas. De ellas, 4,505 son niñas, niños y adolescentes. Considerando estas cifras, es importante contar con un profesorado capaz de enfrentar el desafío que supone la reintegración de las y los más pequeños en ese país.

En ese contexto, la OIM, el Organismo de las Naciones Unidas para la Migración, ha iniciado durante el 2018 una serie de capacitaciones sobre el proceso migratorio dirigido a docentes con el fin de ofrecer una mejor atención a las niñas, niños y adolescentes migrantes retornados a Honduras. A través de una metodología teórico-práctica, se han llevado a cabo talleres sobre tres temáticas específicas: técnicas de entrevista, retorno y reintegración, y migración y juventud.

Gracias a estos talleres, las y los profesores de educación primaria cuentan ahora con más herramientas para, entre otras cosas, llevar a cabo una entrevista con una niña o un niño retornado, lo que les ayudará a identificar necesidades y poder así tomar acciones concretas que faciliten el proceso de reintegración en el país.

Estas capacitaciones nos han permitido identificar tres claves para facilitar la reintegración de la niñez migrante retornada desde las escuelas:

 

-Contar con información oportuna sobre las iniciativas nacionales para promover la reintegración. En el 2014, Honduras experimentó un alto flujo de niñas y niños migrantes retornados no acompañados, lo que propició que el Gobierno aprobara mediante un decreto ejecutivo una emergencia humanitaria. Desde entonces, se activó una “Fuerza de Tarea”, lo cual consiste en un mecanismo gubernamental para abordar un asunto de manera interinstitucional. Esto representa una oportunidad para que los centros educativos se sumen a los esfuerzos del país en el tema y así fortalecer las diferentes iniciativas.

 

-Involucramiento de las y los profesores como parte de una respuesta integral. Las y los docentes son claves para detectar las necesidades concretas de cada niña y niño retornado. En función de cada caso, podrán coordinar con las instancias competentes para que el proceso de reintegración sea exitoso. Por ejemplo, en Honduras existe una red de servicios estatales de protección al migrante que incluye, entre otras, las Unidades Municipales de Atención al Retornado (UMAR) a las cuales podrían recurrir. A través de estas oficinas, cuya apertura ha sido posible gracias al apoyo de la OIM, se busca garantizar la reintegración educativa, social y económica de la niñez migrante y de las familias retornadas al país.

 

-Impulsar espacios de construcción de coordinación con padres, madres o tutores de las niñas y niños migrantes para conocer más sobre los avances del proceso de reintegración más allá de los centros educativos. Lo anterior también implica conocer el nivel de reintegración en sus comunidades y en sus tiempos de ocio.

Estos tres puntos deben acompañarse de un eje transversal: brindar a las y los educadores las herramientas para que todas las niñas y niños puedan disfrutar de sus derechos y cumplir con sus deberes con base al progreso evolutivo de sus facultades.

 

 

   Sobre el autor:

Ismael Cruceta es comunicador en Honduras de la Misión de la OIM para el Triángulo Norte de Centroamérica. Licenciado en Periodismo, cuenta con una Maestría en Relaciones Internacionales Iberoamericanas por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y una Especialización en Periodismo Digital para la Transformación Social por la Universitat Oberta de Cataluña (España). Ha trabajado como Especialista en Comunicación del Sistema de las Naciones Unidas en Honduras y Bolivia. Además, se ha desempeñado en diferentes proyectos de cooperación internacional en Iberoamérica.  

 


A 11.109 kilómetros de casa, hay un migrante desaparecido

A 11.109 kilómetros de casa, hay un migrante desaparecido.
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Autor: Edwin Viales

1. Camerún y Gabón

Esa tarde Samuel había pensado que no había traído toda el agua que necesitaba para su madre, mientras su hermana veía con la mirada perdida el armazón de madera y el color café de las paredes de barro de su Boma[1].Esa tarde hacía demasiado calor y ya no tenían nada para comer.

Las hojas de los árboles eran mecidas por el viento, y en su aldea, muy cerca de Kembong una desteñida bandera camerunesa se dejaba ver pintada en uno de los árboles. Hace ya mucho tiempo que quería partir hacia ese país… Estados Unidos. Escuchaba que era una tierra llena de oportunidades, y sus amigos que se habían marchado, decían que la gente tenía trabajo y dinero.

Por la noche un grupo criminal atacó su aldea. En medio de muertos y fuego, su madre y hermana fueron asesinadas a tiros en ese trágico episodio. Samuel supo que ya no debía esperar más y a la mañana siguiente tomó las pocas cosas que se habían salvado del ataque y se marchó.

Él había escuchado que, para llegar a Estados Unidos, primero tenía que llegar a un país llamado Colombia. Nunca había escuchado nada de ese país ni menos de América del Sur, ni de Centroamérica, ni del Triángulo Norte, nada. Después de recorrer un trayecto larguísimo, a veces a pie, a veces en autobús, Samuel llegó al Puerto de Limbe, en el Sur de Camerún. De ahí zarpó con destino a Gabón; casi sin saberlo había recorrido sus primeros 1.200 kilómetros y aún faltaba cruzar el océano Atlántico.

Ya en el barco que salía de Gabón, Samuel dio un último vistazo a las costas de África. El traficante de migrantes que le había cobrado 3.000 dólares “para empezar” le dijo que la siguiente vez que vería tierra firme iba a estar en Colombia. Nunca se había sentido tan mal por tantos días seguidos, no lograba acostumbrase a ese mareo, a la falta de agua potable, a la náusea de la travesía. Había comido poco y estaba bastante enfermo. Pasó 13 semanas en el mar, lo que desgastó mucho su salud y ánimo. En esos largos días había recorrido ya 10.000 kilómetros a través del Atlántico junto con sus 25 compañeros de viaje.

 

2. Colombia

El puerto de Necoclí en Antioquia, Colombia, impresionó a Samuel con sus verdes aguas y sus montañas que inevitablemente le recordaron a su tierra natal. Pero algo lo inquietaba. Con el poquísimo español que hablaba y entendía, le preocupaba que constantemente las personas le decían que tuviera mucho cuidado, pues el lugar donde estaba era peligroso y aún le esperaba la parte más difícil de la travesía.

Hasta que pisó tierra colombiana, Samuel se enteró recién de la existencia del Tapón del Darién: aquel bloque compacto de vegetación de 108 kilómetros (580.000 hectáreas) que enlaza Colombia con Panamá por el tramo faltante de la carretera Panamericana. Esta es una de las selvas más densas del mundo con una topografía inhóspita, y llena de animales peligrosos. Nada que hacer, sentía que si ya había llegado tan lejos tenía que continuar el recorrido como fuera.

Desde Necoclí empezó a caminar hacia Capurganá, un trayecto que le llevó dos días y además mucho era cuesta arriba. Capurganá es el punto donde salía oficialmente de Colombia e ingresaba a Panamá. El sonido de la selva le sobrecogió y un extraño sentimiento familiar le invadió al ver el verde de los arboles y escuchar el agua correr por algún río cercano.

Sin embargo, no tardó mucho tiempo en encontrarse cadáveres entre la vegetación de otras personas migrantes que no habían soportado los rigores del camino. Samuel recordó lo que le habían dicho varios de sus compañeros de viaje, “ten mucho cuidado al beber agua en el Tapón del Darién es «agua de muerto»”, esto debido a los cientos de cadáveres de personas migrantes que están en descomposición cerca de estos ríos. Cinco días tardó caminado entre la selva para llegar a Metetí, el primer corregimiento en la Provincia de Darién, ya en territorio panameño.

 

3. Panamá y Costa Rica

Estaba recién amaneciendo, había descendido por una gran montaña y se empezó a sentir cansado, cuando para su sorpresa se vio rodeado por hombres armados que le decían que entregara todo lo que tenía. Entre ruegos de él mismo y de las otras personas migrantes que hacían la travesía, los asaltantes empezaron a desvestirles en búsqueda de artículos de valor. A Samuel le robaron su mochila, una bolsa con alimentos que había podido comprar antes de entrar a la selva, y 1.200 USD, que era gran parte del dinero con que contaba para el resto del viaje. Dentro de la terrible situación le hacía sentirse menos afligido que no pudieron robarle la totalidad de su dinero ni su teléfono celular.

Luego de 10 días más de ardua caminata, Samuel llegó al “Campamento de la Peñita” donde pudo por fin dormir tranquilo unas horas, pues no había podido hacerlo bien en todo el recorrido por la selva. Tras un par de días en el campamento emprendió nuevamente el viaje, y, entre caminatas, aventones y autobuses, llegó a la Chiriquí, en la provincia de David, en la zona trasfronteriza entre Panamá y Costa Rica.

En su afán por seguir rumbo a Estados Unidos cruzó lo más rápido que pudo por un punto ciego en Paso Canoas (frontera terrestre entre dichos países), y continuó su recorrido en autobús por la carretera Panamericana hasta llegar a un albergue en la Ciudad de la Cruz, en Costa Rica. Ya se encontraba a solo 19 kilómetros de la frontera con Nicaragua. Estando en el albergue, Samuel y un migrante haitiano que conocía en el camino decidieron entre ambos pagar los 80 dólares que un coyote les cobró para cruzarlos irregularmente por la montaña hacia Nicaragua.

 

4. Nicaragua y Honduras

El calor seco de Nicaragua le hizo sentirse mejor, ¡ya lo extrañaba! Al igual que en las anteriores partes del recorrido continuó movilizándose a pie y en bus. Le llamó la atención que en ese país los precios de las cosas no eran tan costosos como en los otros países por los cuales había pasado. De hecho, por primera vez en su vida se había subido a un taxi, que compartió junto con su compañero haitiano y dos migrantes nicaragüenses más que iban como él rumbo al norte.

A duras penas llegó a la zona transfronteriza entre Nicaragua y Honduras. Un nuevo coyote ofreció llevarlo por 50 USD hasta la Ciudad de Guasule en Honduras. No habían transcurrido ni 25 minutos de camino cuando súbitamente el automóvil se detuvo y en medio de la carretera apareció un grupo de hombres con sus rostros cubiertos, armados con machetes, pistolas y rifles; probablemente una de las maras del lugar. Los mareros rodearon el carro, y bajaron bruscamente a sus ocupantes diciéndoles que entregaran todo lo que tenían o no iban a dudar en matarlos. En esta ocasión a Samuel le dejaron únicamente la ropa que traía puesta.

Habitantes de una casa cercana al lugar del asalto dejaron a Samuel pasar la noche en una cochera y le regalaron 10 USD para que pudiera continuar su viaje. Sin alternativas ya, Samuel siguió caminando, usando las últimas fuerzas que le quedaban, alimentándose de lo que personas de buena voluntad le regalaban a la vera del camino.

Ese fue el momento durante toda su travesía en el que se sintió más solo y desesperado, pero había decido no rendirse. Con la fuerza de la memoria de su madre y hermana, y utilizando lo poco que le quedaba del dinero que le habían regalado, llegó hasta la aduana de Agua Caliente, entre Honduras y Guatemala. Ahí decidió esperar un par de días para estudiar la dinámica del lugar, ya que por primera vez en su viaje. Samuel debía cruzar por su cuenta un punto ciego en la zona montañosa para poder ingresar a Guatemala. Y lo logró.

 

5. Guatemala

A unos 8 kilómetros de Esquipulas, ya en Guatemala, vio a dos hombres que arreglaban un desperfecto en un camión que transportaba chatarra a orillas de la carretera y les suplicó que le dieran un aventón. Los hombres accedieron, pero le dijeron que por los controles de carretera no podía viajar con ellos en la cabina, sino que debía hacerlo en la parte de atrás, junto con la chatarra.

Estaban por llegar a un pueblito llamado las Crucitas, en Jutiapa (Guatemala), cuando al camión en que viajaba se le estalló una llanta y se volcó por el peso que le provocaba la carga de chatarra. Samuel, que iba en medio de un montón de objetos pesados, falleció asfixiado antes de que lo pudieran sacar. “Migrante africano muere en accidente de un camión cerca de las Crucitas” titularon varios medios locales al día siguiente. Así termino su travesía, a 11.109 kilómetros de distancia de su amado Camerún. Nadie reclamó su cuerpo, nadie fue a despedirlo.

Esta crónica está basada en una historia real reseñada en la Revista Factum de El Salvador titulada: Los otros peregrinos del Triángulo Norte. Se complementó con otras historias reales de personas migrantes  fallecidas que fueron monitoreadas, registradas e identificadas diariamente por los analistas de datos del Missing Migrants Project, para América Latina y el Caribe.

En estos momentos, mientras usted lee este artículo, hay personas migrantes de múltiples nacionalidades remontado estas mismas rutas migratorias que cobraron la vida de Samuel.

Mas información en: https://missingmigrants.iom.int/

 

[1] Boma: casa elaborada de barro con techo de paja, tradicional africana.