A 11.109 kilómetros de casa, hay un migrante desaparecido

A 11.109 kilómetros de casa, hay un migrante desaparecido.
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1. Camerún y Gabón

Esa tarde Samuel había pensado que no había traído toda el agua que necesitaba para su madre, mientras su hermana veía con la mirada perdida el armazón de madera y el color café de las paredes de barro de su Boma[1].Esa tarde hacía demasiado calor y ya no tenían nada para comer.

Las hojas de los árboles eran mecidas por el viento, y en su aldea, muy cerca de Kembong una desteñida bandera camerunesa se dejaba ver pintada en uno de los árboles. Hace ya mucho tiempo que quería partir hacia ese país… Estados Unidos. Escuchaba que era una tierra llena de oportunidades, y sus amigos que se habían marchado, decían que la gente tenía trabajo y dinero.

Por la noche un grupo criminal atacó su aldea. En medio de muertos y fuego, su madre y hermana fueron asesinadas a tiros en ese trágico episodio. Samuel supo que ya no debía esperar más y a la mañana siguiente tomó las pocas cosas que se habían salvado del ataque y se marchó.

Él había escuchado que, para llegar a Estados Unidos, primero tenía que llegar a un país llamado Colombia. Nunca había escuchado nada de ese país ni menos de América del Sur, ni de Centroamérica, ni del Triángulo Norte, nada. Después de recorrer un trayecto larguísimo, a veces a pie, a veces en autobús, Samuel llegó al Puerto de Limbe, en el Sur de Camerún. De ahí zarpó con destino a Gabón; casi sin saberlo había recorrido sus primeros 1.200 kilómetros y aún faltaba cruzar el océano Atlántico.

Ya en el barco que salía de Gabón, Samuel dio un último vistazo a las costas de África. El traficante de migrantes que le había cobrado 3.000 dólares “para empezar” le dijo que la siguiente vez que vería tierra firme iba a estar en Colombia. Nunca se había sentido tan mal por tantos días seguidos, no lograba acostumbrase a ese mareo, a la falta de agua potable, a la náusea de la travesía. Había comido poco y estaba bastante enfermo. Pasó 13 semanas en el mar, lo que desgastó mucho su salud y ánimo. En esos largos días había recorrido ya 10.000 kilómetros a través del Atlántico junto con sus 25 compañeros de viaje.

 

2. Colombia

El puerto de Necoclí en Antioquia, Colombia, impresionó a Samuel con sus verdes aguas y sus montañas que inevitablemente le recordaron a su tierra natal. Pero algo lo inquietaba. Con el poquísimo español que hablaba y entendía, le preocupaba que constantemente las personas le decían que tuviera mucho cuidado, pues el lugar donde estaba era peligroso y aún le esperaba la parte más difícil de la travesía.

Hasta que pisó tierra colombiana, Samuel se enteró recién de la existencia del Tapón del Darién: aquel bloque compacto de vegetación de 108 kilómetros (580.000 hectáreas) que enlaza Colombia con Panamá por el tramo faltante de la carretera Panamericana. Esta es una de las selvas más densas del mundo con una topografía inhóspita, y llena de animales peligrosos. Nada que hacer, sentía que si ya había llegado tan lejos tenía que continuar el recorrido como fuera.

Desde Necoclí empezó a caminar hacia Capurganá, un trayecto que le llevó dos días y además mucho era cuesta arriba. Capurganá es el punto donde salía oficialmente de Colombia e ingresaba a Panamá. El sonido de la selva le sobrecogió y un extraño sentimiento familiar le invadió al ver el verde de los arboles y escuchar el agua correr por algún río cercano.

Sin embargo, no tardó mucho tiempo en encontrarse cadáveres entre la vegetación de otras personas migrantes que no habían soportado los rigores del camino. Samuel recordó lo que le habían dicho varios de sus compañeros de viaje, “ten mucho cuidado al beber agua en el Tapón del Darién es «agua de muerto»”, esto debido a los cientos de cadáveres de personas migrantes que están en descomposición cerca de estos ríos. Cinco días tardó caminado entre la selva para llegar a Metetí, el primer corregimiento en la Provincia de Darién, ya en territorio panameño.

 

3. Panamá y Costa Rica

Estaba recién amaneciendo, había descendido por una gran montaña y se empezó a sentir cansado, cuando para su sorpresa se vio rodeado por hombres armados que le decían que entregara todo lo que tenía. Entre ruegos de él mismo y de las otras personas migrantes que hacían la travesía, los asaltantes empezaron a desvestirles en búsqueda de artículos de valor. A Samuel le robaron su mochila, una bolsa con alimentos que había podido comprar antes de entrar a la selva, y 1.200 USD, que era gran parte del dinero con que contaba para el resto del viaje. Dentro de la terrible situación le hacía sentirse menos afligido que no pudieron robarle la totalidad de su dinero ni su teléfono celular.

Luego de 10 días más de ardua caminata, Samuel llegó al “Campamento de la Peñita” donde pudo por fin dormir tranquilo unas horas, pues no había podido hacerlo bien en todo el recorrido por la selva. Tras un par de días en el campamento emprendió nuevamente el viaje, y, entre caminatas, aventones y autobuses, llegó a la Chiriquí, en la provincia de David, en la zona trasfronteriza entre Panamá y Costa Rica.

En su afán por seguir rumbo a Estados Unidos cruzó lo más rápido que pudo por un punto ciego en Paso Canoas (frontera terrestre entre dichos países), y continuó su recorrido en autobús por la carretera Panamericana hasta llegar a un albergue en la Ciudad de la Cruz, en Costa Rica. Ya se encontraba a solo 19 kilómetros de la frontera con Nicaragua. Estando en el albergue, Samuel y un migrante haitiano que conocía en el camino decidieron entre ambos pagar los 80 dólares que un coyote les cobró para cruzarlos irregularmente por la montaña hacia Nicaragua.

 

4. Nicaragua y Honduras

El calor seco de Nicaragua le hizo sentirse mejor, ¡ya lo extrañaba! Al igual que en las anteriores partes del recorrido continuó movilizándose a pie y en bus. Le llamó la atención que en ese país los precios de las cosas no eran tan costosos como en los otros países por los cuales había pasado. De hecho, por primera vez en su vida se había subido a un taxi, que compartió junto con su compañero haitiano y dos migrantes nicaragüenses más que iban como él rumbo al norte.

A duras penas llegó a la zona transfronteriza entre Nicaragua y Honduras. Un nuevo coyote ofreció llevarlo por 50 USD hasta la Ciudad de Guasule en Honduras. No habían transcurrido ni 25 minutos de camino cuando súbitamente el automóvil se detuvo y en medio de la carretera apareció un grupo de hombres con sus rostros cubiertos, armados con machetes, pistolas y rifles; probablemente una de las maras del lugar. Los mareros rodearon el carro, y bajaron bruscamente a sus ocupantes diciéndoles que entregaran todo lo que tenían o no iban a dudar en matarlos. En esta ocasión a Samuel le dejaron únicamente la ropa que traía puesta.

Habitantes de una casa cercana al lugar del asalto dejaron a Samuel pasar la noche en una cochera y le regalaron 10 USD para que pudiera continuar su viaje. Sin alternativas ya, Samuel siguió caminando, usando las últimas fuerzas que le quedaban, alimentándose de lo que personas de buena voluntad le regalaban a la vera del camino.

Ese fue el momento durante toda su travesía en el que se sintió más solo y desesperado, pero había decido no rendirse. Con la fuerza de la memoria de su madre y hermana, y utilizando lo poco que le quedaba del dinero que le habían regalado, llegó hasta la aduana de Agua Caliente, entre Honduras y Guatemala. Ahí decidió esperar un par de días para estudiar la dinámica del lugar, ya que por primera vez en su viaje. Samuel debía cruzar por su cuenta un punto ciego en la zona montañosa para poder ingresar a Guatemala. Y lo logró.

 

5. Guatemala

A unos 8 kilómetros de Esquipulas, ya en Guatemala, vio a dos hombres que arreglaban un desperfecto en un camión que transportaba chatarra a orillas de la carretera y les suplicó que le dieran un aventón. Los hombres accedieron, pero le dijeron que por los controles de carretera no podía viajar con ellos en la cabina, sino que debía hacerlo en la parte de atrás, junto con la chatarra.

Estaban por llegar a un pueblito llamado las Crucitas, en Jutiapa (Guatemala), cuando al camión en que viajaba se le estalló una llanta y se volcó por el peso que le provocaba la carga de chatarra. Samuel, que iba en medio de un montón de objetos pesados, falleció asfixiado antes de que lo pudieran sacar. “Migrante africano muere en accidente de un camión cerca de las Crucitas” titularon varios medios locales al día siguiente. Así termino su travesía, a 11.109 kilómetros de distancia de su amado Camerún. Nadie reclamó su cuerpo, nadie fue a despedirlo.

Esta crónica está basada en una historia real reseñada en la Revista Factum de El Salvador titulada: Los otros peregrinos del Triángulo Norte. Se complementó con otras historias reales de personas migrantes  fallecidas que fueron monitoreadas, registradas e identificadas diariamente por los analistas de datos del Missing Migrants Project, para América Latina y el Caribe.

En estos momentos, mientras usted lee este artículo, hay personas migrantes de múltiples nacionalidades remontado estas mismas rutas migratorias que cobraron la vida de Samuel.

Mas información en: https://missingmigrants.iom.int/

 

[1] Boma: casa elaborada de barro con techo de paja, tradicional africana.


En un país lejano, Erick sueña despierto - #DíaDelMigrante

En un país lejano, Erick sueña despierto - #DíaDelMigrante
Categoria: Retorno y Reintegración
Autor: Laura Manzi

Relato escrito con base en el testimonio de Erick Galeas, migrante retornado.

La ida

El calor era sofocante, los soplos de aire fresco parecían haber olvidado ese punto en el mundo, donde en cada esquina permeaba una inmensa aridez. El suelo quemaba, el sol no daba tregua. Y esto no era un asunto sin importancia: Erick odiaba el calor, que solo le procuraba cansancio y debilidad.

En esos días largos con la piel tan expuesta al sol, él intentaba buscar algún lugar en la sombra para quedarse tranquilo un rato solo con sus pensamientos. Quizás pueda parecer absurdo, pero en ese momento, en vez de preocuparse y dejarse dominar por el miedo y la agitación por el viaje tan esperado, lo único en lo que podía pensar era ese suéter que tenía intención de comprar una vez llegado a los Estados Unidos. Quería vivir en un lugar frío, esto lo tenía claro, comprar muchos abrigos y bufandas, y tener las manos congeladas. ¿No era eso también parte del sueño americano? ¿Poder escapar de esa aridez y tener un armario lleno de suéters?

La ciudad de Tijuana, en México, servía de escenario a las divagaciones mentales de Erick. También era desde hace casi un mes su residencia temporal. Residencia, no casa. Erick llevaba nueve meses sin casa, desde que dejó Honduras y se puso en camino: un día en Guatemala, un mes en Chiapas, seis meses en Veracruz, luego Ciudad Juárez y ahora allí, Tijuana. Nueve largos meses custodiando el deseo de poder encontrar mejores oportunidades económicas y apoyar a su familia que se había quedado atrás, entusiasmada con la idea poder recibir unas remesas.

Para defender su deseo, Erick tuvo que pagar su viaje trabajando en lo que encontraba, muchas veces hasta dieciséis horas al día por un salario insignificante. Pero ese no era momento de desanimarse, pues al día siguiente Erick iba a cruzar la frontera mexicana hacia Estados Unidos, después de haber pagado 7 mil dólares a un coyote que prometió finalmente llevarle a su destino. Así fue como el último viaje de Erick hacia el norte empezó: temprano en la mañana, un martes cualquiera.

Ya se habrán dado cuenta que la imaginación de Erick lo llevaba a soñar despierto muy a menudo, y al empezar su viaje estuvo preguntádose, después de meses de malnutrición, cuál sería el sabor de su primera comida en Estados Unidos. Seguramente hubiera sido la comida más deliciosa de los últimos nueves meses, una comida que sabe a éxito... Y entonces ¡zas!, su ensoñación fue interrumpida de repente. Un oficial de policía de migración anuló en un instante todos los esfuerzos de Erick, que fue detenido a poco andar. Pero no era ese el final de su viaje; poco sabía él que aún le esperaban seis meses en detención: primero en California, luego en Arizona, Ohio, Louisiana y Michigan. En sus fantasía no figuraban policías ni detenidos, sin embargo esta fue la única imagen que Erick pudo capturar de Estados Unidos.

Qué rabia sentía cuando le venían a la mente los comentarios de gente que le decía ‘es fácil llegar a Estados Unidos’ y ‘es cuestión de una, máximo dos semanas.’ La falta de información verídica y adecuada había sido cómplice de su desaventura. Erick estaba cansado, desilusionado y solo. También tenía miedo, porque en los centros de detención no se encontraban solo personas migrantes buscando una vida mejor, sino uno que otro delincuente común que intimidaba a los demás, agudizando sus sentimientos de malestar. Para Erick, la única ocasión de paz eran esos pocos minutos de llamada que podía compartir con sus familiares. Les contaba que temía que las autoridades estadounidenses lo deportaran a Honduras, y en el día número 175 de su detención, eso fue precisamente lo que pasó. 

El retorno

Un sabor agridulce marcó el retorno de Erick. No haber podido realizar su anhelado sueño americano hacía que lo embargara un sentimiento de frustración, casi de vergüenza y humillación. Su sensación tan agobiante de fracaso desapareció por un momento cuando por fin pudo abrazar a su hijo, después de casi un año y medio. ‘Los niños crecen tan rápido’, pensó Erick. Pero el pequeño no era el único que había crecido en ese tiempo; él había terminado también un enorme proceso de crecimiento personal, y ahora se sabía dueño de una fuerza increíble.

Ah, y también estaba la comida hondureña, ¡eso sí que le alegró el retorno!

No fue fácil, no fue rápido, pero después de mucho andar, en un día como hoy podemos imaginar a Erick ocupándose de su tareas diarias en su empresa de artesanía en Honduras. Su pequeño taller de gestión familiar pasó a ser una empresa que mueve sus productos a nivel nacional: artesanías tipo souvenirs que incluyen una amplia muestra de barquitos, helicópteros y aviones, todo hecho en madera. Es un negocio que les permite vivir a él y a su familia con mejores condiciones económicas respecto a cuando Erick decidió aventurarse hacia Estados Unidos.

Su actividad laboral pudo florecer también gracias a la ayuda de la OIM (Organización Internacional para las Migraciones), que le brindó las maquinarias necesarias para su trabajo, y también al CASM (Comisión de Acción Social Menonita), cuyo curso de emprendimiento fortaleció las capacidades de gestión de Erick. El sentimiento de frustración que probó al retornar a Honduras ha ido paso a paso transformándose en una sensación de satisfacción y felicidad al ver crecer su negocio y al adquirir una mayor confianza en sí mismo, en su talento y capacidad. Los cursos de formación y el apoyo proporcionado lo ayudaron a atravesar un difícil proceso de retorno y reintegración, y empoderaron al joven migrante en su vuelta a casa.   

Erick supo construir su subsistencia económica y su realización profesional en Honduras, y entre tantas historias complejas y desafortunadas, esta es una historia con final feliz. Aún así de tanto en tanto le resulta inevitable quedarse soñando despierto pensando en cómo sería volver a viajar a Estados Unidos, esta vez de manera legal, y quedarse allí, tan solo por un día: para comer en un restaurante diferente y comprarse un grueso suéter de invierno.